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La casa no se empieza por el tejado, como tampoco el deportista. Antes de llegar siquiera a soñar con éxitos futuros, el niño ha de descubrir su amor por el deporte. Ha de descubrir que no hay progresión sin esfuerzo; que el talento no dice nada si no es acompañado por trabajo, mucho trabajo, y una buena dosis de fuerza de voluntad; que la humildad acerca tanto a la victoria como la vanidad o el egoísmo a la derrota.
Sí es necesario, en cualquier caso, que aquellos que han alcanzado la cima –deportiva, política o empresarial-, piensen en los que todavía están poniendo los cimientos de su porvenir, de una vida que acaba de empezar y en la que el deporte debe ser parte importante. Y eso es lo que debemos agradecer a figuras como la de Óscar Pereiro.
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